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Cuentan los antiguos, que en tierras lejanas, donde el suelo no tiene hojas, sino es dominio de los cactus, las yucas y biznagas, magueyes y hermosas flores, es donde esta historia acontece.
Eran tiempos en que los coyotes y los hombres caminaban juntos por los áridos corredores del tiempo y el sauce daba cobijo junto a un ojo de agua que brotaba cuando necesitaban descanso.
Bailaban y festejaban su lealtad, su devenir en el tiempo, por la gracia de que el destino los uniera ante las caricias y volteretas de la luna.
Inventaban a los cuatro puntos celestiales mesetas que sólo existían esa noche. Mesetas que se hacían lugar para el festejo.
Una noche que duró muchas noches.
Esa noche de luna, contaron una historia que formaba parte de otra, al igual que ésta que hoy te cuento, porque las historias siempre se hacen de otras.
Nuestra historia va de la mano de tantas otras.
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