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| Foto: Luis Aguilar |
México, 22 de noviembre del 2011
No creo en milagros. Pero sí tengo convicciones,
esas certezas que no brinda el orden material sino aquello que una vez
analizado, una vez pasado por el crisol de la lenta y puntual meditación, toma
forma, la forma de una idea que, convertida en proyecto, tiene las partes
sustantivas necesarias para convertirla en realidad. Sé que no soy la única que
piensa y siente de esta manera, porque la certidumbre que me da el escuchar y leer con
atención a mis iguales y a mis diferentes es que en todos como en mí existe algo
genuino, un latido, un pulso, algo corporal u orgánico está presente. A eso
llamo convicción, a algo que se comparte con los otros. Sin embargo, la
convicción se topa siempre con el áspero muro de la duda y ahí irrumpe como un
grito la incertidumbre. Es ahí donde me pregunto: ¿que no estamos todos
convencidos?
La pregunta que me hago, hoy por la mañana y todo el día que casi
termina, es por qué no logramos convencer a los hombres de Estado, a esos
hombres en los que la sociedad deposita su confianza, pues se espera que tengan
una visión incluyente, una conciencia de la importancia de lo plural. ¿Por qué
no hemos llegado más hondo, a esa parte donde nacen las convicciones y nos
convencemos todos de que el pueblo Wixárika (Huichól) necesita de todos, de
nuestra capacidad de incidir, para que aquellos que están en el poder se
convenzan de que una causa noble y trascendente ennoblece a todos por igual?
Tenemos una gran oportunidad como sociedad, como nación, y es la de
reivindicarnos frente a nuestro pasado, con esa porción indígena que todos y
cada uno heredamos de distinta manera pero que al fin nos es común a todos por
igual: el respeto a una parte de nuestra diversidad. Wirikuta no es otro México
sino parte de nuestro México y así también del mundo. Pienso que así como
estamos convocados a pensar con ellos en su actual lucha, porque lo que
defienden es un espacio geográfico que, desde su visión, desde su cosmovisión, es un
territorio sagrado, donde sus costumbres, ritos y sentido de existencia tienen
lugar, así como otros grupos sociales mexicanos tienen los suyos, los nuestros, y a través de los cuales
enriquecemos y fortalecemos el sentido de identidad de nuestra nación y en
ellos en particular se genera el sentimiento de pertenencia. ¿En qué nos
estamos equivocando?, nosotros los que, "dueños de una cultura occidental y
conscientes de formar parte de una era globalizada", de una era del
conocimiento, sabemos y entendemos de valores universales y valores locales.
Dejemos a un lado nuestros legítimos afanes protagónicos, luchemos contra la
hipocresía de los otros y la de nosotros mismos.
Nos estorba el sinsentido de
la soberbia y la avidez del estúpido. Cambiemos ahora nosotros y logremos poner
sobre la mesa de discusión, en la plaza pública, el sentido de lo que vale la
pena: el cuidado del planeta y de aquellas culturas que basan sus
costumbres en el respeto a la naturaleza. No es algo nuevo lo que digo, pero
tampoco es mi intención traer a cuanto lo inaudito, sino apelo al sentido
común, ese que una vez y otra vez nos demuestran y nos muestran los pueblos indígenas
que es posible: la convivencia pacífica, civilizada, en esa donde somos capaces
de entendernos los unos y los otros, donde nuestra igualdad radica en que somos
ciudadanos de una nación que lo que más se debe a sí misma es el respeto, la
tolerancia, la inclusión, la equidad y sobre todo el apego a las leyes que nos
rigen. Apelo a esa convicción, a esa clara necesidad de entender y reconocer en
el respeto al otro el respeto a uno mismo. No dejemos que la causa se nos
resbale de las manos. La autocrítica es la base de todo cambio, porque las
leyes no son estáticas ni la vida de un pueblo lo es. Vayamos hacia el centro
del problema: los dueños del capital esperan nuestra impaciencia, nuestra
desesperanza, porque en esa debilidad de los grupos es donde ellos son astutos
para inyectar los líquidos obscenos de la necesidad.
Ya tenemos la edad para no
caer en la trampa de la necesidad, esa bandera sin símbolo que levantan ante
nosotros queriendo engañarnos, confundirnos. El progreso y el desarrollo de una
nación está más allá de la necesidad económica, la riqueza material es una falacia porque se sustenta en el exceso que se convierte en desperdicio.
La verdadera riqueza está en la conciencia práctica de generar una
cultura del trabajo y en su equilibrio. Nos venden una idea falsa y caemos en la provocación. Pero
esta vez ya no debe ser así. Estamos claros, eso quiero creer, en
nuestras convicciones: no hay otro camino que el del acuerdo y con ello en el
respeto al acuerdo.
En este caso que nos ocupa, el Pacto Hauxa Manaka para la Preservación y Desarrollo de la Cultura Wixarica debería ser un ejemplo del compromiso y el respeto a la palabra.